El otro día, en mi sesión de logopedia, me hicieron una pregunta aparentemente sencilla para activar la conversación: "Miguel, ¿cómo se hace una tortilla de patatas?". Me quedé un poco en blanco. Acerté a decir que se le echan las patatas al huevo, pero fui incapaz de dar proporciones, tiempos o pasos.
Al salir, me quedé pensando en ello. Y la verdad es que no me dio rabia ni pena. Es, sencillamente, que a mí no me interesan las cosas que no puedo hacer.
Este episodio me llevó a un recuerdo de juventud. Mi padre solía explicarle a mi hermano, con todo el detalle del mundo, cómo funcionaba el motor de un coche. Yo estaba allí, pero mi mente volaba por otros lados. Un día, mi padre me preguntó que por qué no atendía, por qué no mostraba interés. Le miré y, con toda la naturalidad del mundo, le respondí: "¿Cómo voy a hacerlo? ¿Para qué?".
En aquel momento pudo parecer desinterés, pero con los años he entendido que era algo más profundo. La vida nos da a cada uno unas cartas determinadas, y la sabiduría no está en lamentar las que no tenemos, sino en jugar bien las que nos han tocado. ¿Para qué iba a almacenar en mi cabeza los pasos de una receta o el mecanismo de un pistón si mis manos no iban a volcar la sartén ni a cambiar una bujía?
Prefiero limpiar el camino de ruidos innecesarios. Dios nos da la capacidad de elegir a qué prestamos atención, y yo he elegido volcar mi mente y mi corazón en lo que sí puedo hacer: en sentir, en recordar, en amar a los niños, en escribir y en comunicarme con quienes me rodean.
Centrarse en lo posible no es resignación; es una forma de paz. Es entender que nuestra valía no está en la cantidad de cosas que sabemos ejecutar, sino en la calidez y el sentido que le damos a las tareas que sí están en nuestras manos. Mis manos no cocinan, pero mi mente cocina historias, y creo que, al final, ese es el motor que a mí me hace falta para caminar.

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