🌊 Sonido del mar para acompañar la lectura:

viernes, 31 de julio de 2026

Aprendizaje innecesarío

 

El otro día, en mi sesión de logopedia, me hicieron una pregunta aparentemente sencilla para activar la conversación: "Miguel, ¿cómo se hace una tortilla de patatas?". Me quedé un poco en blanco. Acerté a decir que se le echan las patatas al huevo, pero fui incapaz de dar proporciones, tiempos o pasos.

Al salir, me quedé pensando en ello. Y la verdad es que no me dio rabia ni pena. Es, sencillamente, que a mí no me interesan las cosas que no puedo hacer.


Este episodio me llevó a un recuerdo de juventud. Mi padre solía explicarle a mi hermano, con todo el detalle del mundo, cómo funcionaba el motor de un coche. Yo estaba allí, pero mi mente volaba por otros lados. Un día, mi padre me preguntó que por qué no atendía, por qué no mostraba interés. Le miré y, con toda la naturalidad del mundo, le respondí: "¿Cómo voy a hacerlo? ¿Para qué?".

En aquel momento pudo parecer desinterés, pero con los años he entendido que era algo más profundo. La vida nos da a cada uno unas cartas determinadas, y la sabiduría no está en lamentar las que no tenemos, sino en jugar bien las que nos han tocado. ¿Para qué iba a almacenar en mi cabeza los pasos de una receta o el mecanismo de un pistón si mis manos no iban a volcar la sartén ni a cambiar una bujía?

Prefiero limpiar el camino de ruidos innecesarios. Dios nos da la capacidad de elegir a qué prestamos atención, y yo he elegido volcar mi mente y mi corazón en lo que sí puedo hacer: en sentir, en recordar, en amar a los niños, en escribir y en comunicarme con quienes me rodean.

Centrarse en lo posible no es resignación; es una forma de paz. Es entender que nuestra valía no está en la cantidad de cosas que sabemos ejecutar, sino en la calidez y el sentido que le damos a las tareas que sí están en nuestras manos. Mis manos no cocinan, pero mi mente cocina historias, y creo que, al final, ese es el motor que a mí me hace falta para caminar.

sábado, 18 de julio de 2026

¿Qué hubiera sido de mí?

 

       Muchas veces me lo he preguntado, y amigos... es una cuestión que a todos nos ronda la cabeza en algún momento. Al principio, cuando era más joven, solía responder con rapidez que, de no haber tenido parálisis, habría sido profesor de primaria o salesiano. Siempre he sentido una profunda vocación hacia la enseñanza y una gran pasión por los niños, y en ese "otro camino" me imaginaba rodeado de ellos, guiando sus pasos.

Sin embargo, luego, con la madurez que te dan los años, me fui haciendo preguntas más profundas. Empecé a ver que la vida no es una línea recta. Si no tuviera parálisis, es verdad que hubiese ido al colegio de mis hermanos y, por lo tanto, me habría ahorrado las malas experiencias que tanto me han marcado de mayor. Pero al borrar lo malo, también borraría lo bueno: no conocería a mis "pilares", esas personas fundamentales que han sido mi apoyo y que Dios puso en mi camino con un propósito. Habría conocido a otras personas que me habrían influido en tal o cual dirección. Al final, Dios lo sabe y lleva los hilos de una manera que muchas veces no comprendemos.

Si cambio mi historia, cambia todo lo demás. Incluso mi familia hubiera sido de otra manera y circunstancia; nuestras vidas y sacrificios habrían sido distintos. Y, a su vez, mis amigos de hoy no serían los mismos, y yo no hubiera podido influir en sus vidas como lo he hecho. Cada paso que damos deja una huella en los demás.

Para ir aún más lejos, a veces lanzo una pregunta abierta: ¿qué pasaría si tus padres fuesen de... Camerún? Es una invitación a mirar más allá de nuestra propia realidad.

En resumen, no vale la pena lamentarse por lo que pudo ser, porque hay tantas variantes como formas de vida, y cada una tiene su propio sentido y su propia luz.


miércoles, 1 de julio de 2026

El precio de la calidez


 "Hola, Miguel, ¿cómo estás?..." Y no espera respuesta.

Seguro que te ha pasado. Alguien te cruza por la calle, suelta la pregunta automática y sigue de largo sin reducir el paso. Hoy en día nos saludamos por educación, pero nos escuchamos muy poco. Parece que nos cuesta regalar un minuto de nuestro tiempo.

Y esa frialdad se contagia a todo. El otro día pensaba en cómo han cambiado las cosas: ahora vas a tomar algo y el hielo te cuesta 10 céntimos. Antes, ponerte un par de cubitos era una atención al cliente, un gesto de bienvenida y cortesía para que te sintieras bien acogido. Hoy, hasta la frescura se factura. Hemos monetizado los pequeños detalles, y al hacerlo, las relaciones se vuelven tan impersonales como un tique de caja.

Cuando todo se mide en céntimos y en prisas, el corazón se va congelando.