Aveces, la mayor dificultad no es el problema que uno tiene, sino la reacción de los demás. Hay una forma de soledad que ocurre cuando estás rodeado de gente, pero nadie te escucha. Hablan tanto y tan alto que su ruido acaba por ocultar lo que tú tienes que decir.
Esto me pasó en una convivencia de tres días con un grupo de amigos. Lo estábamos pasando muy bien, hasta que la segunda noche empecé a sentirme mal de la barriga. En ese momento, lo que yo necesitaba era calma, pero lo que recibí fue un caos de opiniones.
Todo el mundo hablaba a la vez. Todos daban su diagnóstico y su solución sin dejarme espacio para decir ni una palabra. Me sentí impotente porque nadie me dio la oportunidad de explicar que, para mí, ese dolor era algo habitual. En lugar de preguntarme a mí, que soy quien mejor conoce lo que le pasa a mi cuerpo, prefirieron gritar sus propias ideas. Esa sensación de que los demás hablen por ti, impidiéndote explicar lo que ocurre realmente, es la que genera una verdadera frustración.
Esta no es una situación aislada; es algo que me ocurre con demasiada frecuencia. Muchas personas no se detienen a entender que mis tiempos son diferentes. Al final, se establece una lucha desigual: sus gritos contra mi silencio forzado.
Es agotador tener la respuesta y saber perfectamente lo que te pasa, pero que el muro de palabras ajenas te impida sacarlo fuera. Esa impotencia te va encerrando en ti mismo. Te das cuenta de que, aunque te miren, no te están viendo realmente; están viendo lo que ellos creen, ignorando lo que yo siento.
Me gustaría que quienes lean esto comprendan que ayudar no es hablar más fuerte, ni dar la opinión más rápida. Ayudar es tener la paciencia de callar para que el otro pueda expresarse. A veces, el mayor respeto que se puede ofrecer es simplemente esperar a que la persona tome la palabra. Porque, al final, nadie sabe mejor lo que ocurre en mi cuerpo que yo mismo.
Solo pido eso: que no se atropelle mi voz con gritos, y que se me dé la oportunidad de contar mi propia historia