🌊 Sonido del mar para acompañar la lectura:

martes, 28 de abril de 2026

El valor de la confianza


 

Hacer la compra del mes con Maria es una de esas rutinas que dan orden a mi día. Todo iba con la normalidad de siempre: el carro lleno, saludos a los vecinos y el ambiente tranquilo del barrio. Sin embargo, a veces el mundo nos recuerda sus barreras en los detalles más inesperados.

Al llegar a la caja, el datáfono estaba demasiado alto. Intenté marcar el PIN, pero la posición me lo puso difícil y, tras tres intentos fallidos, la tarjeta se bloqueó. En ese momento, Maria, con la naturalidad de quien conoce bien mi día a día, no dudó: propuso pagar ella misma con su tarjeta.

Mientras terminaban de cobrar, me quedé pensando en la suerte de tenerla a mi lado. La confianza es un pilar invisible pero fundamental. Me pregunté qué habría pasado si Maria fuera nueva, si aún no nos conociéramos tanto. En situaciones así, contar con alguien de total confianza no solo resuelve un pago; te devuelve la calma cuando sientes que pierdes el control de la situación.

Esa mañana, la humanidad se contagió. El cajero nos trató con una delicadeza impecable y la gente en la cola, que normalmente vive pegada al reloj, esperó en silencio. Nadie resopló, nadie puso mala cara. Todos parecieron entender que hay momentos en los que la paciencia es el mejor regalo que podemos ofrecer al prójimo.

A veces, la vida nos pone obstáculos físicos para recordarnos que no somos islas. Hoy aprendí que, aunque el entorno no siempre esté diseñado a mi medida, la generosidad de Maria y la empatía de unos desconocidos son lo que realmente nivela el camino. Al final, ayudarnos los unos a los otros es la forma más sencilla y hermosa de caminar juntos.

viernes, 10 de abril de 2026

El silencio que nadie me dio


Aveces, la mayor dificultad no es el problema que uno tiene, sino la reacción de los demás. Hay una forma de soledad que ocurre cuando estás rodeado de gente, pero nadie te escucha. Hablan tanto y tan alto que su ruido acaba por ocultar lo que tú tienes que decir.


Esto me pasó en una convivencia de tres días con un grupo de amigos en málaga. Lo estábamos pasando muy bien, hasta que la segunda noche empecé a sentirme mal de la barriga. En ese momento, lo que yo necesitaba era calma, pero lo que recibí fue un caos de opiniones.

Todo el mundo hablaba a la vez. Todos daban su diagnóstico y su solución sin dejarme espacio para decir ni una palabra. Me sentí impotente porque nadie me dio la oportunidad de explicar que, para mí, ese dolor era algo habitual. En lugar de preguntarme a mí, que soy quien mejor conoce lo que le pasa a mi cuerpo, prefirieron gritar sus propias ideas. Esa sensación de que los demás hablen por ti, impidiéndote explicar lo que ocurre realmente, es la que genera una verdadera frustración.

Esta no es una situación aislada; es algo que me ocurre con demasiada frecuencia. Muchas personas no se detienen a entender que mis tiempos son diferentes. Al final, se establece una lucha desigual: sus gritos contra mi silencio forzado.

Es agotador tener la respuesta y saber perfectamente lo que te pasa, pero que el muro de palabras ajenas te impida sacarlo fuera. Esa impotencia te va encerrando en ti mismo. Te das cuenta de que, aunque te miren, no te están viendo realmente; están viendo lo que ellos creen, ignorando lo que yo siento.

Me gustaría que quienes lean esto comprendan que ayudar no es hablar más fuerte, ni dar la opinión más rápida. Ayudar es tener la paciencia de callar para que el otro pueda expresarse. A veces, el mayor respeto que se puede ofrecer es simplemente esperar a que la persona tome la palabra. Porque, al final, nadie sabe mejor lo que ocurre en mi cuerpo que yo mismo.

Solo pido eso: que no se atropelle mi voz con gritos, y que se me dé la oportunidad de contar mi propia historia


martes, 10 de marzo de 2026

Hacia una verdadera Inclusión

A veces me detengo a pensar en las palabras que usamos para hacernos la vida más fácil. Una de ellas, que suena con frecuencia en estos tiempos, es "inclusión". Es una palabra hermosa, llena de esperanza, pero a veces siento que en nuestra sociedad actual —tan volcada en lo inmediato y en los resultados— se nos queda un poco corta, como un traje que no termina de encajar.

Muchos sabeis que he dedicado tiempo y esfuerzo a formarme, a estudiar y a obtener mi titulación. Es un orgullo que guardo con cariño. Durante una etapa de mi vida, tuve la fortuna de trabajar en un centro para personas con discapacidad; un entorno amable y adecuado a mis circunstancias, donde mi presencia no era un muro, sino parte del paisaje. Allí me sentí útil y valorado, rodeado de comprensión.

Sin embargo, al mirar hacia el mundo exterior, hacia esa sociedad que corre sin mirar a los lados, sentí una pequeña punzada de realidad. A pesar de mis conocimientos y de mi título, las puertas de un empleo convencional se sentían mucho más pesadas de abrir. No es que hubiera maldad en el ambiente, es que el materialismo de hoy a veces nos hace olvidar que el valor de un profesional no solo está en su rapidez física, sino en su capacidad de aportar una mirada distinta, una templanza y una humanidad que no se enseñan en los libros.

Creo que la verdadera inclusión no es solo poner una rampa o cumplir con una norma técnica. Es algo más sencillo y, a la vez, más profundo: es tener la paciencia de ver a la persona antes que a su circunstancia. Es entender que un título tiene el mismo valor, se sostenga con las manos que se sostenga, incluso si esa mano tiene que apretar el bolígrafo con el puño debido a la espasticidad.

Desde mi rincón, este granito de arena no busca señalar culpables, sino invitarnos a todos a bajar un poco el ritmo. A entender que una sociedad es más rica no por lo que produce, sino por el espacio que sabe darle a cada uno de sus hijos, sin etiquetas y con las puertas abiertas de par en par.

Al final del día, estoy convencido de que para que la inclusión deje de ser un eslogan y se convierta en realidad, necesitamos un cambio que nazca de dentro. La verdadera barrera no es una escalera o un portal cerrado, sino esa tendencia a mirar solo nuestro propio camino. Para que quepamos todos, la sociedad debería aprender a ser un poco menos individualista y menos egoísta. En el momento en que dejemos de lado el "yo" para empezar a pensar en el "nosotros", ese puente de la inclusión se terminará de construir por sí solo.



jueves, 26 de febrero de 2026

Como cruce la calle por primera vez

Cuando iba al colegio puertosol, tendría uno 15 o 16 años, cogía el autobús escolar para ir. La parada estaba frente a mi casa, mi madre me cruzaba la calle pero un día no pudo recogerme, pase cerca de una hora hasta que la taquillera del cine me cruzo.

Pasado un tiempo mis padres me propusieron el reto de cruzar solo. Me asuste. En aquel tiempo había menos circulación, un paso de cebra pero sin semáforo.

A los primeros días iba con mi madre pero solo, sin cogerme de su brazo, una semanas después me esperaba en la acera opuesta, entonces ideamos que cogiera un pañuelo blanco y sacudirlo para llamar la atención de los conductores y, a la vez, darme mas seguridad; un día no aparecio, cruce solo por primera vez de verdad... mi madre estaba escondida en una tienda, cuando cruce salio y nos abrazamos Ya había superado otra barrera..


Hoy me doy cuenta de cuanto han pasado mis padres, cuantos temores, incertidumbres, riesgos... hoy quiera abrazarlos y...



sábado, 22 de noviembre de 2025

Nuestros padres fueron unos luchadores

He estado hablado con una madre un niño autista... no es fácil.

Ahora me doy cuento de mis padres lo héroes que han sido abriendo caminos en una época donde solo había dos caminos: casa o institución de subnormales, como se decía entonces.

Para mi eligieron la segunda opción, y no pararon de luchar hasta que consiguieron meterme en un colegio normal.

Mi primera logopeda fue Luchi, profesora de canto pues en aquellos tiempos no había esta titulación: otro logro. Fueron superando metas... selectividad que suspendí por falta de medios; pero deje esta necesidad.

Si, nuestros padres de aquellos tiempos fueron unos héroes.

sábado, 24 de mayo de 2025

El apagón


       

El día del famoso apagón me pillo tomando cafelito en la calle, al principio no me preocupe y seguí con mi café. Pero a lo largo de los minutos oí que era en todo el barrio y después que en España, no, y en Francia... creí que era un ataque de Putin.. paso 2 dos horas y decían que iba para largo.

Que hacer... los cajeros no funcionan, llevaba 10 euros en monedas, mi cuidadora, maría, subió a la casa en busca de comida; en el portal comimos un sanduish..

Ya eran las 4 de la tardes, había que subir los 8 pisos!! entre cuatro vecinos y mi fisioterapeuta, que por casualidad pasaba por la calle, me subieron, para colmo un vecino tiene mal el corazón, y mi afán era decirle que vigilase la silla eléctrica, pero en el fondo le decía eso para que no se esforzara. Aquella noche mi silla durmió en la clínica EURODENT, que, es de total confianza, allí me arreglan mis dientes.

Cuando llegue a casa estaba completamente ahogado, pero feliz de saber que no tengo vecinos sino verdaderos amigos, y un fisio con un gran corazón,


sábado, 8 de febrero de 2025

¡dios mío!

 




Reflexión a la expresión, ¡dios mío!.

Quien no ha utilizado esta expresión.. muchas veces, en tono de broma, me han contestado que era un egoísta, que dios es de todos

pensando un día me vino una idea. Esta expresión tiene mucho que decir.

Si Jesús no ha muerto por la humanidad entera, sino por cada uno individualmente, con nombre y apellido, si jesus ha muerto por mi, y jesus es la segunda persona de la santísima trinidad, quiere decir que dios es mio propiamente dicho