Hace unos dÃas celebré mi cumpleaños almorzando fuera de casa. Entre plato y plato, el camarero que nos atendÃa se entera del motivo de la celebración y, con esa cercanÃa espontánea que a veces surge en el trabajo diario, me comenta con una sonrisa que el suyo será solo tres dÃas después, pero que le tocará trabajar. Le dije, casi sin pensarlo pero con plena intención, que intentarÃa pasarme a felicitarlo.
Y eso fue lo que hice.
Sé que vivimos en una época donde las palabras se las lleva el viento con suma facilidad. Probablemente él pensó que aquello no era más que un comentario cortés de un cliente, una promesa amable que se diluye en cuanto cruzas la puerta. Por eso, al verme volver solo para decirle "¡feliz cumpleaños!", su rostro cambió por completo. Se le iluminó la cara con ese brillo genuino de quien no se lo espera y me lo agradeció de corazón.
Me quedé pensando en ese momento de camino a casa. Estoy seguro de que, al terminar su jornada y reencontrarse con su familia, les contó lo sucedido como una pequeña anécdota que le cambió el turno de trabajo.
Qué fácil es, a fin de cuentas, dar un toque de alegrÃa a la vida de alguien. Y, sin embargo, qué poco lo hacemos. A veces nos complicamos la vida pensando que para hacer el bien se necesitan grandes gestos, discursos elaborados o recursos extraordinarios, cuando en realidad basta con un detalle sencillo, con cumplir una palabra empeñada o con reconocer la dignidad y la historia que cada persona lleva consigo.
Un simple gesto, una mirada atenta o un saludo sincero pueden iluminar la rutina de cualquiera. Dios nos pone a diario infinidad de oportunidades para ser luz en el camino del prójimo; solo hace falta detener el paso, recordar que el otro importa y atrevernos a alegrar el dÃa a quien se cruza en nuestro caminar.

