martes, 14 de julio de 2015

LA PENITENCIA. LA CONFESIÓN


Me han enseñado que el Señor ve y lee nuestro interior, y me pregunto por qué la absolución se ha delegado en los sacerdotes. Si la pidiera de rodilla, yo solo dentro de mi habitación, dirigiéndome al Señor, ¿me absolvería? ¿O sería una absolución de distinto valor? ¿Cuál sería la diferencia?

Si, es una grande y verdadera cuestión que usted me plantea. Yo diría dos cosas. La primera: naturalmente, si Vd. se pone de rodilla y con verdadero amor a Dios le pide que le perdone, Él le perdona. Es doctrina constante de la Iglesia que si uno, con verdadero arrepentimiento, es decir, no solo para evitar penas, dificultades, sino por el amor al bien, por amor a Dios, pide perdón, recIbe el perdón de Dios. Esta es la primera parte. Si yo realmente reconozco que he obrado mal, y sí en mí ha renacido el amor al bien, la voluntad del bien, el arrepentimiento por no haber respondido a este amor, y pido a Dios, que es el Bien, el perdón, Él le concede

Pero hay un segundo elemento: el pecado siempre tiene y una dimensión social, horizontal. Con mi pecado personal, aunque tal vez nadie lo conozca, he dañado asimismo la comunión de la Iglesia, he ensuciado la comunión de la Iglesia, he ensuciado a la humanidad. Por eso esta  dimensión social, horizontal, del pecado exige que sea absuelto también a nivel de la comunidad de la Iglesia, casi corporalmente. Por consiguiente, esta segunda dimensión del pecado, que no es solamente contra Dios, sino que también afecta a la comunidad, exige el Sacramento y el Sacramento es el gran don en el que puedo, mediante la confesión, librarme de ese pecado y puedo realmente recibir el perdón también en el sentido de una plena readmisión en la comunidad de la Iglesia viva, del Cuerpo de Cristo.  Así, en este sentido, la necesaria absolución por parte del sacerdote, el Sacramento, no es una imposición que limita la bondad de Dios, sino al contrario es una expresión de la bondad de Dios porque me demuestra que también concretamente, en la comunión de la Iglesia, he recibido el perdón y puedo recomenzar de nuevo.

Por lo tanto, yo diría que se han de tener presente estas dos dimensiones: la vertical con Dios, y la horizontal, con la comunidad de la Iglesia y de la humanidad. La absolución sacramental es necesaria para absolverme realmente de este vínculo del mal y reintegrarme completamente en la voluntad de Dios, en la perspectiva de Dios, en su Iglesia, y darme la certeza, incluso casi corporal, sacramental: Dios me perdona y me recibe en la comunidad de sus hijos.

Creo que debemos aprender a entender el sacramento de la Penitencia en este sentido: una posibilidad de encontrar, casi corporalmente, la bondad del Señor, la certeza de la reconciliación.


                                                                       BENEDICTO XVI