lunes, 9 de septiembre de 2013

Cuando vayas a orar


Dedica un rato a mirar atentamente tu reloj. Quítatelo de la muñeca, tenlo entre tus manos, contémplalo como a un testigo silencioso de tu vida. Ponló junto a tu oído y escucha su tic-tac acompasado que marca el paso de tu tiempo. Recuerda cuántas veces al día, aproximadamente, le echas una ojeada para ponerte en contacto con esa dimensión importante del tiempo. Seguramente que a veces lo miras con impaciencia, como si quisieras empujar sus manillas, y otras, en cambio, querrías detenerlas para prolongar unos momentos felices...

Ahora te sientas a solas con Jesús. Le hablas de cómo vives el día a día: con prisa, con serenidad, con preocupación por el mañana, con paz... Escucha las palabras que dijo un día y que el evangelio nos guarda como un tesoro: «No andéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir; porque la vida vale más que el alimento y el cuerpo más que el vestido. Fijaos en los cuervos: ni siembran ni siegan, no tienen despensa ni granero y, sin embargo, Dios los alimenta. Y ¡cuánto más valéis vosotros que los pájaros! Y ¿quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?... Ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de eso" (Le 12, 22-31).

Descubre las preocupaciones que te agobian y déjalas en manos del Padre... Confíate en sus manos. Lo pueden hacer todo nuevo.
Dolores Aleixandre. R.S.C.J.