lunes, 22 de abril de 2013

Estemos a la escucha


Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaus, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: « ¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: « ¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!».  «¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro  y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les había aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron». Jesús les dijo: « ¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No será necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo conocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!». (Lc 24, 13-34)

Dos de los discípulos durante el camino hacia Emaus  iban comentando entre ellos lo sucedido. Me imagino que iban recordando a Maestro; sus enseñanzas, las vivencias que tuvieron con él, y el final trágico: su muerte en la cruz. Alguna vez nosotros caemos en el pesimismo y no vemos más allá. Sin embargo Jesús nos aseguró que en donde haya dos o más reunidos en su nombre, allí estaría  él; y efectivamente: Jesús se les apareció pero no lo reconocieron. A nosotros también nos pasa: estamos tan metidos en nuestros problemas del día a día que cuando rezamos nos escuchamos a nosotros mismos y no dejamos que él nos hable.

Primero Jesús dejo que le contaran lo sucedido; nos escucha nuestros problemas, para después hablar. Les explico que decía de él las escrituras: estuvieron en actitud de escucha abandonando sus pesimismos, sus desilusiones; solo entonces le reconocieron.

Nosotros debemos orar igual: cuando le hayamos contado nuestros problemas, ilusiones, proyectos… debemos estar a la escucha, buscar la sintonía… y dejarle que nos hable, nos diga que es lo que quiere de nosotros.