miércoles, 15 de junio de 2011

XI. Las estrategias de José

XI. LAS  ESTRATAGEMAS DE JOSE.
Génesis, cap.43

El clan de Jacob estaba inquieto. El patriarca, previendo la falta de víveres, había mandado a sus diez hijos a Egipto para comprar trigo. Era lo normal en aquel tiempo. Sin embargo, receloso, había guardado con él al más joven, Benjamin. Se acordaba de tiempos pasados en que otro de sus hijos había sido devorado por una fiera. De ese hijo, solamente le quedaba la túnica llena de sangre que le habían traído los hijos mayores.
Y ahora, a la vuelta de la nueva expedición, faltaba otro, Simeón. Parece ser que lo habían guardado como rehén, y se exigía que vuelvan todos, pero esta vez con Benjamin. Entonces liberarían a Simeón. Esta historia perturbaba a Jacob. A pesar de su azarosa vida pasada, era padre... además veía que sus otros hijos no estaban muy tranquilos. No le decían nada a él, el viejo, a lo mejor para no inquietarle, pero sus conciliábulos sin fin en voz baja demostraban su angustia.
De hecho, vista de lejos, la situación era rara. Allí los habían casi maltratado: ellos venían honradamente para comprar trigo por la hambruna, y se disponían a pagarlo. Pero en cuanto lo habían introducido frente al mayordomo del Faraón, José  (no lo habían reconocido)  los había tratado como espías. Y para probar su buena fe, exigía ver a Benjamin a la vuelta. Sin eso, no volverían a ver a Simeón.
¿Empezaba su conciencia a despertar? El recuerdo de su mala acción pasada volvía a la memoria. ¿Estarían pagando su culpa pasada? “Te lo había dicho: cuando abandonamos a José hemos acumulado en nuestra cabeza la venganza del cielo”. Y esta sospechosa historia del dinero complicaba más las cosas. (En los asuntos, ya se sabe, los regalos son raramente desinteresados). Y todo el dinero que habían pagado por la carga del trigo, lo habían encontrado otra vez en sus sacos. ¿Quién ha hecho esto? ¿Por qué? Alguien los quiere acusar.
Gracias a Dios, la inquietud puede ser camino de conversión, y es lo que José esperaba. Su rencor seguía latente, pero más fuerte era la esperanza de una reconciliación. Por supuesto que era él que había maniobrado todo. Exigiendo ver a Benjamin, esperaba volver a constituir la familia alrededor suyo: guardando a uno con él como rehén, ponía a prueba el amor fraterno de los otros. ¿Iban a abandonar a Simeón como lo habían hecho con él? O ¿Había cambiado su corazón?
De momento, la hambruna aumentaba en Canaán y las provisiones de trigo desaparecían. Egipto vivía sobre las reservas acumuladas por José durante los años de vacas gordas. Para no morir de hambre él y su familia, Jacob, a pesar suyo, tuvo que dejar irse todos sus hijos, incluso a Benjamin. Esta vez, los dos mayores se habían comprometidos a devolverlos todos vivos.
La emoción de José viendo llegar a todos sus hermanos fue indescriptible. Se escondía para llorar de alegría. Los otros todavía no le habían reconocido y hablaban entre ellos, creyendo que no los entendían. Así, José pudo saber de verdad cuales eran sus verdaderas intenciones. Pero, otra vez, los probó, y esta vez a Benjamin en particular, su preferido, el hijo de su misma madre, Raquel, cuando el trato concluyó, el trigo cargado y pagado, hizo que escondieran en el saco de Benjamin su vaso preferido, el que le servía a adivinar los sueños, arte que, ya lo sabemos, dominaba.

                                                                            Marie Noëlle THABUT
Traducido de “Panorama” agosto 2010.