martes, 5 de abril de 2011

VI La vuelta de Jacob.

VI  LA VUELTA DE JACOB.
Génesis 30-36

Jacob iba pues de vuelta, pero no sin preocupación. No ignoraba que su suegro le pisaba los talones para pedirle cuenta. Y en cuanto a lo que le esperaba en su país, tampoco estaba muy tranquilo. Al cabo de 20 años ¿su hermano Esaü habrá olvidado su maniobra? Por un lado como del otro, Jacob sabía que arriesgaba su porvenir. Una cosa cierta: Dios no le abandonaría. Esa convicción le ayudaría en las pruebas que le esperaban.
De momento, se daba prisa todo lo posible con su numeroso séquito: dos mujeres y sus siervas, once hijos y su innumerable rebaño. Pero Laban no tardó en alcanzarle. ¿Esperaba recuperar una parte de los bienes que se llevaba Jacob? No se atrevo a decir nada: Dios acababa de prohibirle todo reproche. Solamente reclamó sus estatuas: por casualidad en ese punto, Jacob era inocente. Raquel se las había llevado sin decir palabra. Así que Jacob, de buena fe, autorizó a su suegro a rebuscar por toda parte; para disimular Raquel no tuvo más que una solución: sentarse encima y pretextar estar enferma para no levantarse... Para recobrar (la face)   Laban propuso una alianza: ofrecieron un sacrificio y todo terminó por una buena comida.
Quedaba lo más difícil: Esaü. Jacob esta vez tenía realmente miedo. ¿Cómo ablandar su hermano mayor al que había robado tan rotundamente?  Y ¿Cómo conocer su humor? Le mandó primero, una embajada para anunciar su vuelta y proponer una alianza. De paso, los emisarios hablarían de la riqueza del amo, y se calcularía la fuerza de la otra parte. Las novedades no eran tranquilizadoras: Esaü también se estaba encaminando y con una escolta de 400 hombres. Jacob reflexionó. Ya que era una querella por la herencia, a lo mejor sería bueno hacer importantes regalos. De cada uno de los rebaños de cabras, ovejas, camellos, vacas y burras, eligió varios centenares de animales para su hermano. Los pastores tenían la orden de presentarse a Esaü uno tras el otro, a buena distancia uno del otro, cuestión de dar tiempo para reflexionar al que se quería suavizar. Además de esas precauciones, Jacob, angustiado, se atrasó más todavía.
Fue cuando tuvo un encuentro misterioso que debía marcarle de por vida. Por la noche, solo, al borde de un riachuelo, el Yabboq, se sintió atacado por un desconocido. El combate duró toda la noche: Jacob peleó sin desfallecer, pero al alba un último golpe de su adversario le desencajó el fémur. Desde ese día, Jacob se quedó cojo. Al irse, el agresor rehusó decirle su nombre, pero se reveló acordando a Jacob su bendición a la vez que le daba un nombre nuevo: “Ya no te llamarán Jacob, sino Israel, pues has luchado con Dios y con los hombres y has ganado”. Bendecido, y cojo, ese fue el destino de Jacob y sus descendientes. Reemprendió su ruta, pasó el vado del Yabboq y se preparó para encontrar a su hermano. Ya no le temía ni a nadie porque había visto a Dios cara a cara y seguía vivo.
El encuentro de los dos hermanos fue sin calor excesivo, pero, prudentemente, uno y otro deseaban la paz. Jacob se presentó como vasallo, precedido por sus ofrendas y multiplicando los agasajos. En cuanto a Esaü le gustó el papel de soberano y concedió su benevolencia a la vez que aceptaba los regalos. Se separaron. Esaü volvió a su país, Edom, al sur del Mar Muerto, y Jacob entró en Canaán y se afincó en Sichem.


                                                                                  Marie Noëlle THABUT

Traducido de “Panorama”, febrero 2010.