jueves, 17 de septiembre de 2015

Mensaje del Santo Padre por la XXIV Jornada Mundial del Enfermo

Mensaje del Santo Padre por la XXIV Jornada Mundial del Enfermo, que se celebrará el 11 de febrero de 2016 en Nazaret, Tierra Santa

Por Rocío Lancho García

Ciudad del Vaticano, 15 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

“Haced lo que Él os diga”. Estas palabras de Jesús de la narración evangélica de las bodas de Caná, en las que hizo su primer milagro gracias a la intervención de su Madre, son las elegidas por el Santo Padre para meditar en la Jornada Mundial del Enfermo que será celebrada de manera solemne en Tierra Santa, el próximo 11 de febrero de 2016.

El tema elegido, indica el Mensaje del Papa, se inscribe muy bien en el marco del Jubileo extraordinario de la Misericordia. La Celebración eucarística central de la Jornada tendrá lugar en Nazaret, donde Jesús inició su Misión salvífica. El Papa explica que en Caná “se perfilan los rasgos característicos de Jesús y de su misión”. Y añade que la petición de María “hizo surgir no sólo el poder mesiánico de Jesús, sino también su misericordia”. En la “solicitud de María se refleja la ternura de Dios”.

El Papa indica que para nuestros seres queridos que sufren debido a la enfermedad pedimos en primer lugar la salud, pero el amor animado por la fe “hace que pidamos para ellos algo más grande que la salud física: pedimos una paz, una serenidad de la vida que parte del corazón y que es don de Dios, fruto del Espíritu Santo que el Padre no niega nunca a los que le piden con confianza”.

De este modo, el Santo Padre invita en su Mensaje a que en esta Jornada Mundial del Enfermo pidamos a Jesús misericordioso “que conceda a todos nosotros esta disponibilidad al servicio de los necesitados, y concretamente de nuestros hermanos y de nuestras hermanas enfermas”. Y aunque este servicio puede resultar fatigoso, pesado, “estamos seguros que el Señor no dejará de transformar nuestro esfuerzo humano en algo divino”. Por eso recuerda que también nosotros “podemos ser manos, brazos, corazones que ayudan a Dios a realizar sus prodigios, con frecuencia escondidos”, “podemos ofrecer nuestras fatigas y sufrimientos como el agua que llenó las tinajas en las bodas de Caná y fue transformada en el vino más bueno”.

Asimismo, el Santo Padre pide que “cada hospital o cada estructura de sanación sea signo visible y lugar para promover la cultura del encuentro y de la paz, donde la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, así como también la ayuda profesional y fraterna, contribuyan a superar todo límite y toda división”.

La enfermedad, especialmente aquella grave, recuerda el Papa, “pone siempre en crisis la existencia humana y trae consigo interrogantes que excavan en lo íntimo”. 

En estas situaciones, precisa, “por un lado la fe en Dios es puesta a la prueba, pero al mismo tiempo revela toda su potencialidad positiva”. La fe “ofrece una clave con la cual podemos descubrir el sentido más profundo de lo que estamos viviendo; una clave que nos ayuda a ver de qué modo la enfermedad puede ser el camino para llegar a una cercanía más estrecha con Jesús, que camina a nuestro lado, cargando la Cruz”, asegura el Pontífice. Y esta clave “nos la proporciona su Madre, María, experta de este camino”.

Tal y como recuerda el Santo Padre, en las bodas de Caná, “María es la mujer atenta que se da cuenta de un problema muy importante para los esposos”.

María --recuerda-- descubre la dificultad, en cierto sentido la hace suya y, con discreción, actúa rápidamente. De este modo, el Santo Padre se pregunta en el Mensaje “¿Qué enseñanza podemos obtener del misterio de las bodas de Caná para la Jornada Mundial del Enfermo?”

Así, explica que “el banquete de bodas de Caná es un icono de la Iglesia”: en el centro está Jesús misericordioso que realiza la señal; a su alrededor están los discípulos, las primicias de la nueva 
comunidad; y cerca a Jesús y a sus discípulos, está María, Madre previdente y orante. María “participa en el gozo de la gente común y contribuye a aumentarla; intercede ante su Hijo por el bien de los esposos y de todos los invitados”, asegura el Pontífice. Y Jesús --añade-- no rechazó la petición de su Madre.

Al respecto, el Santo Padre recuerda que tenemos una Madre que “tiene sus ojos atentos y buenos”,”su corazón materno está lleno de misericordia, “las manos que quieren ayudar”. Y esto, explica Francisco, “nos llena de confianza y hace que nos abramos a la gracia y a la misericordia de Cristo”. Del mismo modo, afirma que “María es la Madre ‘consolada’ que consuela a sus hijos”.

A propósito de los “sirvientes” que reciben de María la indicación, el Papa indica que estos personajes anónimos del Evangelio nos enseñan mucho. Porque no sólo obedecen, “sino que obedecen generosamente”. Si sabemos seguir la voz que dice ‘Haced lo que Él os diga’, Jesús transformará siempre el agua de nuestra vida en vino apreciado.

Finalmente, pide para todos los que están al servicio de los enfermos y de los que sufren, “que sean animados por el espíritu de María, Madre de la Misericordia”.

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