miércoles, 30 de julio de 2014

HISTORIA DEL ARTISTA QUE PINTÓ UNA PUERTA SIN PICAPORTE


Dice que un artista pintó un cuadro de Cristo. Reunió en la puerta de su casa a unos amigos que eran artistas y les pidió que mirasen el cuadro para ver si encontraban algún error o algún fallo. Estuvieron observando y no encontraron ningún fallo. 

Pero, un artista joven le dijo: “Creo que he encontrado un fallo en tu cuadro. En la esquina del cuadro hay una puerta. Se le olvidó de pintar el picaporte, el pestillo de la puerta". Y le dice el pintor al joven: “Amigo mío, tienes toda la razón del mundo. Esa puerta no tiene pestillo, no tiene picaporte. Pero, ¿Sabes p x he pintado la puerta sin picaporte? Esta puerta que ves no es como las demás. Solo se puede abrir desde dentro. Porque lo importante no es lo que hay fuera de la puerta sino lo que hay detrás de la puerta o dentro de la puerta. Por eso, no he pintado el pestillo. Lo importante es lo que hay dentro de tu corazón, lo importante es el amor”.

Pues, bien hermanos, como decía el beato Juan Pablo II: “Abrid de par en par las puertas a Cristo! ¿Qué puerta es esa? La puerta estrecha: la puerta de la cruz. No tengamos miedo a perder cosas. Vaciemos nuestra vida de lo que no merece la pena, de espaciosos caminos que llevan a la muerte, de tantos ídolos, de tantas seguridades temporales y llenemos nuestro corazón del amor de Dios! No se puede pasar por la puerta estrecha y la puerta ancha, al mismo tiempo. O pasamos por la puerta estrecha, (el sufrimiento, el combate, la prueba, la cruz, lo que no entiendes de tu historia y de tu vida) o pasas por la puerta ancha (el dinero, poder, la fama). O servimos a Dios o al dinero. Pero, no se puede servir las dos cosas, a la vez. Si seguimos a Dios encontraremos la plenitud de la vida y seremos felices. Pero no podemos seguir por nuestra cuenta, por nuestras fuerzas, sino pidiéndole a Dios, insistentemente, el don de la fe. 

El principio y fin de nuestra fe no es el ayuno, no son las devociones, no son las leyes, todo eso es pertenece a la antigua Alianza, a la ley que Dios dio a Moisés en el desierto y eso está muy bien. Pero, son solamente medios que nos llevan al fin. Es decir, no dejan de ser medios. El principio y fin de nuestra fe es, entonces, la conversión que nos lleva a la obediencia y a la Escucha de la Palabra de Dios que nos da vida y nos fortalece. Esa es la Nueva Alianza que Dios quiere meter en nuestros corazones, para llenarlos del vino nuevo que es Jesucristo. Lo viejo ha pasado, ahora comienza lo nuevo. Y ese es un don que se lo tienes que pedir al Señor todos los días. 

Dios quiere introducir en tu corazón lleno de pecados, de tantas leyes que matan, una ley nueva, la ley del Espíritu de Cristo Resucitado que da Vida y nos libera de nuestras esclavitudes. Dejemos a un lado el traje bordado de oro de nuestra soberbia, del cerrarnos a nosotros mismos y revistámonos del traje nuevo de la mansedumbre, la humildad, la justicia y la misericordia, que proceden de Jesucristo. Para ser buen cristiano, Dios no te va a pedir que hagas muchas penitencias, no te va a pedir que le pongas muchas flores, joyas y que le hagas muchas novenas (insisto, que todo eso está muy bien), pero lo que de verdad te va a pedir el Señor es que hagas su voluntad, que le ames a Él y desde Él a los hermanos. Lo que te pide el Señor es que entres en la obediencia, que obedezcas, que no te cierres a ti mismo y hagas su voluntad, 

A quien tiene el Espíritu de Jesucristo resucitado dentro de su ser, al que vive en intimidad con el Señor, no le hace falta ayunar, no le hacen falta tantas penitencias, tantas leyes, tantos ídolos, porque la única ley es precisamente Jesucristo. Cuando una novia no tiene a su novio junto a ella, sufre y llora, porque está tan enamorada ella de su novio que le cuesta la propia vida separarse de él. Pero, cuando la novia tiene a su novio con ella, a su lado, ella ya deja de llorar, y no le hace falta esperar, es feliz y se alegra de tener a su novio junto a ella. Lo mismo nos sucede a nosotros. Vivimos del ayuno, que es bueno y, de hecho el papa lo ha pedido, ha pedido que ayunemos, sobre todo, en estos días para pedir por la paz en Tierra Santa y en el mundo entero. Pero, no podemos quedarnos en el ayuno. El ayuno hace alusión a la muerte que hay en nuestro corazón cuando nos apartamos de Dios, cuando vivimos de espaldas a Dios y no contamos con él, cuando hacemos nuestra voluntad y no la voluntad de Dios. 

El ayuno venía ya prescrito por el Antiguo Testamento y ¿en qué consistía? Era signo de austeridad, ligado a la espera del Mesías. Significaba que los tiempos malos habían llegados, estamos todos insatisfechos, hemos perdido las ganas de vivir. Para volver a los tiempos buenos, haremos ayuno, a la espera de que venga el Mesías, de que venga el tiempo de la consolación. El ayuno, en ese sentido, representa el mal que hay dentro de nuestro corazón que nos lleva a la tristeza y a la angustia. Los discípulos no ayunaban estando Jesús con ellos. Solo ayunaron durante la pasión, muerte y resurrección del Maestro, es decir, cuando Jesús no estaba con ellos. En el momento en que Jesús no está con nosotros, caemos en la tristeza como los discípulos, huimos llenos de miedo de nuestra realidad, de nuestros sufrimientos y nos escondemos en nosotros mismos, nos apoyamos en nuestras fuerzas y no contamos con Dios, como les sucedió a los discípulos.

Pero, mientras tenían a Cristo con ellos, los discípulos no ayunaban. ¿Porque? Porque no hacía falta, tenían a Cristo con ellos, no tenían que esperar, todo lo tenían ya esperado con Jesucristo, vivían en la alegría, en el gozo de que Dios está con ellos. Porque Cristo es más importante que el ayuno, que el dinero, que el tener un chalet en la playa, que cualquier revestimiento decorativo con que veneremos las imágenes de nuestras iglesias. Ya lo decía Santa Teresa: "¡Quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta!" Solo Dios y nadie más, debe ser el primero en nuestra vida, porque lo demás pasa, caduca, pero la Palabra de Dios que María escuchó y que fue engendrada como Palabra encarnada en su seno, esa Palabra, que es la Palabra de Dios, permanece para siempre. Amigos, ¿está con nosotros el novio? ¿Verdaderamente tienes a Jesucristo como lo primero en tu vida? El Señor solo puede estar si nosotros le dejamos que esté. Dice el Señor: “Mira que estoy a la puerta y llamo. El que abra entrará y cenará con él”.

Debemos dejar muchas cosas atrás, es decir, todo lo que nos ata, nos esclaviza, nos aliena, nuestros egoísmos, nuestro deseo de ser como Dios y abrir la puerta de nuestro corazón al Señor, es decir: pasar al otro, amando en la dimensión en la cruz. Cristo dejó a su madre, para ir a evangelizar, para hacer la misión que Dios le encomendó. Cada uno de nosotros ha recibido una misión para la Gloria de Dios. Ya lo decía el Señor: "Quien deje padre, madre o hermano por mí, recibirá el ciento por uno". No tengamos miedo de arriesgarlo todo por nuestro Amado, por nuestro esposo. No tengamos miedo de levantar la puerta de nuestros sepulcros lleno de tantos pecados. ¡Vayamos al encuentro del Señor Jesucristo, bebamos el vino bueno, el más dulce, el vino que se transformará en la mismísima sangre de nuestro Señor Jesucristo, la sangre que nos purifica, la sangre que nos da la Vida Eterna, la sangre de la alegría que nos ofrece el Hijo Amado del Padre.


martes, 22 de julio de 2014

La citara

Cada domingo, tras la proclamación del evangelio, la asamblea fija los ojos en el sacerdote y espera su palabra. Es la cruz del presbítero pues ¿cómo poner palabra a la Palabra de Dios? ¿Cuál debe ser el objetivo de la homi­lía?
Juan Sebastián Bach comienza su "Origen de la familia de los músicos Bach" de esta manera: "Veit Bach, un panadero que vivía en Hungría, fue obligado a abandonar este país por defender su fe. Tras haber convertido, en la medida que le fue posible, sus bienes en especies sonantes se fue a Alemania y en Turingia, encontró plena libertad para ejercitar su religión.
Se estableció en Vechmar, cerca de Toha, donde reemprendió su oficio. Le gustaba servirse de una pequeña cítara que llevaba al molino para tocar, mientras la rueda estaba en movimiento. ¡Admirable concierto! De este modo aprendió a llevar el compás exacto. Tal fue, aparentemente, el co­mienzo de la música de la familia Bach".
¿Cuál debe ser el objetivo de la homilía? Ayudar a que cada uno de los oyentes, comenzando por el predicador, aprenda a tocar la cítara de su vida al compás que marca Cristo que se nos da en la gratificante mesa de su palabra y su pan.

P. Lorenzo Oreyana

martes, 15 de julio de 2014

El ANCIANO QUE QUERÍA REPARTIR SU HERENCIA CON SUS HIJOS

Era un anciano que, en su lecho de muerte, llamó a los tres hijos y leS dijo que no podía dividir su herencia entre los tres. La herencia era tan pequeña que no podía ser compartida entre los tres. La herencia, por tanto, no podía ser para los tres hijos, solamente para uno de los tres hijos. Como solamente la herencia podía obtenerla uno de los tres hijos, el anciano era el que tenía que elegir. El anciano tenía que decidir quién era de los tres el que debía llevarse toda la herencia.
El anciano dijo finalmente: "la herencia se la daré al más astuto, al más inteligente y al más hábil de los tres". El anciano continuó diciéndoles a los tres: "encima de la mesa de mi habitación hay tres monedas. Como sois tres y hay tres monedas, coged una moneda para cada uno. Y el que compre con esa moneda algo para llenar toda la casa, se quedará con toda la herencia" Los tres empezaron a decir: "¿Qué vamos a comprar con una moneda para llenar toda la casa? Nos hace falta más dinero porque con esta moneda lo más que podemos comprar es un cuadro, un jarrón, un reloj, algo de poco valor". Entonces, empezaron a marearse la cabeza, pensando qué podrían comprar con una pequeña moneda para llenar toda la casa.
El primero, después de mucho tiempo pensó por fin, en qué iba a gastar esa moneda para llenar la casa. Dijo el primero: "he pensado comprar unos sacos de cemento en una obra de construcción cercana y, haber si logro llenar la casa". Compró los sacos de cemento y solo consiguió llenar la mitad de la casa. El segundo, con la moneda suya que había cogido de la mesa, compró unos sacos de plumas de aves, pero con esa moneda no le llegó para llenar toda la casa, se quedó más o menos, a la altura del anterior, no llegó más allá del primero. El tercero dijo: "¿que compraré con una moneda?" Después de pensarlo durante mucho tiempo, compró un pequeño objeto: una vela. No compró sacos de cemento, ni sacos grandes de plumas de ave, sino una simple vela. El que compró la vela, esperó a que atardeciera y cuando se hizo de noche, encendió la vela y, toda la casa se llenó de luz.
¿Sabéis quién fue el heredero? ¿Quién de los tres se llevó la herencia del hombre anciano? Se la llevó el tercero. El que compró la vela. El primero intentó llenar la casa de sacos de cemento, el segundo intentó llenar la casa de sacos de plumas de ave. Pero, esa casa, seguía vacía o media vacía. Esa casa estaba en tinieblas. El tercero fue el heredero porque con la vela que compró iluminó toda la casa. Eso era lo que hacía falta: dar luz a toda la casa. El tercero de los hijos fue el heredero, el más prudente, el más astuto, el más hábil, precisamente, porque compró una cosa que no tenía mucho valor: una simple vela, pero compró lo que hacía falta para llenar toda la casa: una vela que iluminaba por la noche toda la casa.
El anciano es Dios que nos da unos dones, unos talentos, nos da el don de la fe, no para que lo guardemos, sino para que lo comuniquemos. Nosotros somos administradores de la casa, de la historia, de la lámpara de nuestra vida. Si tu vida está llena del aceite de la fe, cuando venga la oscuridad, el sufrimiento, la muerte, la tristeza y la angustia, tú no tropezarás, ni entrarás en la desesperación, porque la lámpara de tu vida, está provista de lo esencial, está dotada del aceite de la fe. La vela que encendió el tercero de los hijos para iluminar toda la casa es la vela que recibieron nuestros padres y padrinos cuando nos bautizaron, es la vela del bautismo, es el símbolo del cristiano que desciende hacia la piscina del bautismo, sepultando el cadáver del hombre viejo, bajo las aguas que simbolizan la muerte y sale de esas aguas, como hombre nuevo, nacido del Espíritu Santo, realizándose en el cristiano que ha sido bautizado el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo.
Jesucristo es el aceite que tenemos que meter en la lámpara de nuestra vida. Jesucristo es la vela que tiene que permanecer siempre encendida en la casa de los acontecimientos de nuestra historia. La noche se echa encima y llega la hora de las tinieblas y del sufrimiento. Por eso, amigos, no malgastemos esa vela. No dejemos que esa vela se consuma. No dejemos sin aceite nuestras lámparas, porque en el momento que menos te lo esperes nos sorprende el novio y los que no tenían preparado el aceite en las lámparas no pueden entrar en la boda y celebrar la fiesta. Los que no han preparado la vela, les puede sorprender la noche y no podrán ver nada.
Aprovecha este momento. Ahora, en este preciso instante, en este momento concreto que estás viviendo, está pasando el Señor por tu vida sin detenerse, con poder para salvarte, para librarte de tus esclavitudes, de tus alienaciones. No dejemos que las lámparas se queden sin aceite. No dejemos que la vela de nuestra vida se apague. Esa vela que es Jesucristo, ilumina nuestra ceguera. Y de qué ceguera estoy hablando? De la ceguera de nuestros pecados. Nosotros tenemos dos ojos y podemos ver con claridad lo que hay en nuestro alrededor. Pero, en el fondo, estamos ciegos, porque no nos miramos más que a nosotros mismos. Estamos ciegos, llenos de pecados. Y Jesucristo, ha sido enviado por el Padre como luz a nuestra vida, para que seamos curados de la ceguera que tenemos, del mal que hay dentro de nuestro corazón.
El tercero de los hijos del que os he hablado en esta historieta adopta la misma actitud de las vírgenes prudentes del evangelio, que llenaron las lámparas del aceite de la fe. En cambio los otros dos hijos que compraron con la moneda sacos de cemento y de pluma de aves, no consiguieron llenar la casa, porque les faltaba en sus lámparas el aceite de la fe. Esto nos pasa también a nosotros. Llenamos nuestra casa, nuestra historia, nuestra vida, nuestro corazón de cosas que no merecen la pena, de los sacos de cemento de nuestra soberbia, de los sacos de pluma de nuestra codicia y vanidad. Llenamos nuestra casa de ira, de maledicencia, de murmuración, de rencor, de envidia, de orgullo, de deseo de poder, de afán por el dinero, de placeres, pero no la llenamos de lo esencial, del aceite de la fe, del aceite de Jesucristo.
La fe alumbra toda la casa de nuestro corazón. La fe ilumina esa historia de sufrimientos que hay en tu vida y que te está destruyendo. El aceite de la fe, ilumina y da sentido a ese sufrimiento que te está matando, a la enfermedad que estás padeciendo, a los problemas que tienes en tu matrimonio, a tu falta de trabajo, a tus problemas de herencia con tu familia. La fe da un sentido a todos los sufrimientos que aparecen en tu vida.
La luz de la fe, como dice el papa Francisco en su encíclica Lumen Fidei, "tiene la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero estrecho de nuestra historia, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto, de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas. Dante, en la Divina Comedia, después de haber confesado su fe ante san Pedro, la describe como una chispa que se convierte en una llama cada vez más ardiente / y centellea en mí, cual estrella en el cielo".
Amigos, debemos estar vigilantes, siempre con El aceite de la fe. Pidámosle al Señor que crezca e ilumine en nosotros ese aceite, esa vela que vaya creciendo en el presente, y que esa aceite, esa vela lleguen a convertirse en la estrella que muestre el horizonte de nuestro camino en un tiempo, como el que estamos viviendo, en el que el hombre tiene especialmente necesidad de luz y esa luz es Jesucristo. Seamos lámparas ardientes de amor. Apartemos nuestra mirad del brillo de la gloria temporal y pongamos nuestros ojos fijos en el Señor.

jueves, 10 de julio de 2014

Mar de misericordia

Cuenta la Madre Angélica (la monja ame­ricana que creó el canal católico de televisión EWTN), en su libro Respuestas, no promesas, que un día iba paseando por la orilla del mar. Una ola un poco más grande le salpicó. Quedó en su mano una brillante gotita de agua; con un movimiento de la mano devolvió la gotita al mar. Entonces entendió que Dios le decía: «Angélica, ¿serías capaz de encontrar tu gota de agua en el mar?». «No, Señor», le respon­dió. «¿Seguro?». «Sin ninguna duda». Y con­cluyó Dios: «pues así son tus pecados y mi Misericordia».


miércoles, 2 de julio de 2014

TAMBACOUNDA: PIONERO EN LA FORMACION TÉCNICA EN SENEGAL

El centro de formación profesional de Tambacounda, uno de los tres institutos técnicos salesianos en Senegal, ha comenzado a impartir sus cursos de Tecnologías de la Comunicación y la Infor­mación bajo normas de control de la excelencia académica.

El Centro Don Bosco de Tambacounda inició sus actividades en 1980 con apenas cuatro estudiantes e impartiendo un curso de producción de metales bajo un árbol. Hoy el centro es pionero en la formación técnica profesional en Tambacounda y se ha amplia­do hasta llegar a albergar a 2.280 estudiantes y a agregar cur­sos de mecánica de automóviles y electricidad. Este año se han celebrado unas ¡ornadas socioculturales de puertas abiertas para recalcar que la formación de especialistas en diversos sectores técnico-profesionales se basa en inculcar valores cívicos para una formación integral de los estudiantes. Desde hace algunos años también funciona una escuela para conductores, especialmente dirigida a los alumnos de mecánica, que pretende, sobre todo, enseñar las normas de seguridad vial. ■

MS NOV. 2013