domingo, 5 de enero de 2014

Tierra Santa adora al Príncipe de la Paz

Estos días, como cada año por la fiesta de la Epifanía, los cristianos de Tierra Santa celebran en Belén la visita de aquellos magos, que reconocieron y adoraron al Niño Dios. El 5 de enero, el Custodio de Tierra Santa –cabeza de los franciscanos que desde el siglo XII guardan los santos lugares-, se desplaza de Jerusalén a la gruta donde nació Jesús. Durante el trayecto, hace un
alto en el camino para saludar a las autoridades israelíes en el monasterio de Elías. A continuación,  atraviesa el muro y el check-point que separa Belén de Jerusalén y se dirige a la basílica de la Natividad, donde le reciben las autoridades palestinas y eclesiásticas del lugar. Durante la misa del 6 de enero, se muestra  la imagen de un Niño Jesús, Príncipe de la Paz, sentado en un trono junto al lugar exacto de la gruta donde nació. Después en el pesebre, se le entrega el oro, incienso y mirra en recuerdo de los presentes de los tres reyes magos. Al final de la ceremonia, los fieles besan y adoran al Niño Jesús.
 Ese Niño, Rey de los judíos, y Príncipe de la Paz, aguarda todavía hoy los regalos de todos aquellos que lo ignoran. No desea bienes o riquezas materiales, sino la conversión de sus corazones y la paz. Esa paz definitiva y duradera en la tierra que lo vio nacer, en su vecina y castigada Siria, y en el corazón de todos los hombres que ama el Señor.
El recuerdo de la Epifanía del Señor nos une hoy a tantos palestinos que, huidos de su país  como huyó Jesús, celebrarán esta fiesta lejos de su tierra; a tantos cristianos de Oriente Medio que han sido mártires en el siglo XXI; y a los nuevos inocentes, víctimas del aborto, cuyas vidas han sido truncadas, igual que las de los primogénitos que Herodes mandó matar por miedo a perder su poder. Hoy, junto a la gruta de Belén, una cripta con decenas de tumbas pequeñas mantiene viva la memoria de aquel infanticidio cruel.

La Epifanía y su recuerdo también nos llena de esperanza, porque aquellos reyes, distinguidos

entre sus iguales, supieron reconocer  y adorar con sus dones a Dios. Y porque desde entonces, la paz reina ya en los corazones de todos los hombres de buena voluntad. Aquellos que agradecidos por lo mucho o poco que tienen, lo comparten con los demásEstos días, como cada año por la fiesta de la Epifanía, los cristianos de Tierra Santa celebran en Belén la visita de aquellos magos, que reconocieron y adoraron al Niño Dios. El 5 de enero, el Custodio de Tierra Santa –cabeza de los franciscanos que desde el siglo XII guardan los santos lugares-, se desplaza de Jerusalén a la gruta donde nació Jesús. Durante el trayecto, hace un  alto en el camino para saludar a las autoridades israelíes en el monasterio de Elías. A continuación,  atraviesa el muro y el check-point que separa Belén de Jerusalén y se dirige a la basílica de la Natividad, donde le reciben las autoridades palestinas y eclesiásticas del lugar. Durante la misa del 6 de enero, se muestra  la imagen de un Niño Jesús, Príncipe de la Paz, sentado en un trono junto al lugar exacto de la gruta donde nació. Después en el pesebre, se le entrega el oro, incienso y mirra en recuerdo de los presentes de los tres reyes magos. Al final de la ceremonia, los fieles besan y adoran al Niño Jesús.
 Ese Niño, Rey de los judíos, y Príncipe de la Paz, aguarda todavía hoy los regalos de todos aquellos que lo ignoran. No desea bienes o riquezas materiales, sino la conversión de sus corazones y la paz. Esa paz definitiva y duradera en la tierra que lo vio nacer, en su vecina y castigada Siria, y en el corazón de todos los hombres que ama el Señor.
El recuerdo de la Epifanía del Señor nos une hoy a tantos palestinos que, huidos de su país  como huyó Jesús, celebrarán esta fiesta lejos de su tierra; a tantos cristianos de Oriente Medio que han sido mártires en el siglo XXI; y a los nuevos inocentes, víctimas del aborto, cuyas vidas han sido truncadas, igual que las de los primogénitos que Herodes mandó matar por miedo a perder su poder. Hoy, junto a la gruta de Belén, una cripta con decenas de tumbas pequeñas mantiene viva la memoria de aquel infanticidio cruel.

La Epifanía y su recuerdo también nos llena de esperanza, porque aquellos reyes, distinguidos
entre sus iguales, supieron reconocer  y adorar con sus dones a Dios. Y porque desde entonces, la paz reina ya en los corazones de todos los hombres de buena voluntad. Aquellos que agradecidos por lo mucho o poco que tienen, lo comparten con los demás.

Diosesis de Málaga