jueves, 26 de septiembre de 2013

Causa de nuestra alegría

El título mariano de Nuestra Señora de la Alegría es un adelanto de ese mes de mayo, consagrado tradicionalmente a María. "Rosa de abril", brotada en la liturgia pascual, es un anuncio de la floración que inunda el siguiente mes en toda la geografía no sólo española, sino también supranacional. Pero no adelantemos acontecimientos, y pensemos por ahora en la Virgen histórica, en este ambiente de la semana pascual. Porque María nos enseña la difícil lección de congratularnos por el triunfo de Cristo sobre la muerte, tras la compasión por sus dolores y su agonía en la cruz. Al hombre de corazón humano, no endurecido ni desnaturalizado, le resulta relativamente fácil compadecerse del prójimo que sufre, aunque no lo conozca personalmente.
Hay una sintonía espontánea con el que padece cualquier mal,cuando nos sentimos afectados de compasión hasta con los animales. Pero eso de alegrarse sinceramente por la alegría del otro, es algo menos frecuente en el hombre. Hace falta un corazón muy sensible o una relación muy estrecha con esa persona que goza, para sentir su felicidad como propia. Una buena madre, una esposa ejemplar, un hermano noble, un hijo bueno, un amigo íntimo ¿y alguien más?, disfrutarán del gozo ajeno como propio. María, sí, se alegró del triunfo pascual de su Hijo con una intensidad mayor que si fuera suyo. Por eso es bueno pedirle alegría sincera por la resurrección de Cristo nuestro Hermano.

Rafael de Andrés