sábado, 3 de septiembre de 2011

(4). SELECTIVIDAD

Tras muchos años de esfuerzos, superación y ayuda de mis padres, de profesores y compañeros, llegue a COU (Curso de Orientación Universitaria), logré aprobar.


Unos 15 días después de los exámenes de COU se pasa la selectividad (acceso a la Universidad; en mis tiempos, me parece recordad, se pasaban en dos días, mañana y tarde.


Yo no tenía la intención de estudiar una carrera universitaria, pero sí de ejercitar mi derecho a examinarme, rompiendo una barrera hacia la normalización. Así que mis padres hablaron con el Tribunal para ver de que manera podría pasarlo. Propusimos llevar mi maquina eléctrica (era el año 84,  todavía no había ordenadores personales) pero dijeron que no, solo me concedieron escribir a mano –escribo mal- mis exámenes en el doble de tiempo; y grabar la conferencia, que era una prueba mas de selectividad  de entonces, en cinta para que pudiese hacer mi esquema porque soy incapaz de coger apuntes.


Me pusieron el la tarima, enfrente de mis compañeros y de cientos de estudiantes, ya imagináis la expectación que había en la aula de la universidad; y empezamos el examen.


Como tenia el doble de tiempo significaba tener que volver al turno siguiente para realizar lo que no me había dado tiempo, esta vez sin mis compañeros, con lo cual fue mayor la sorpresa de los estudiantes. Lo más penoso fue el saber que mis compañeros ya estaban de vacaciones, esperando las notas, y yo empezar de nuevo.


Unos días mas tarde, antes que dieran los resultados, mi padre envió una carta al Tribunal, que con indepencia que aprobase o no, de agradecimiento por haber facilitado el acceso a la prueba de acceso; a la cual le contestaron diciendo que se veía que sabia mas de lo escrito, pero que objetivamente me habían puntuado en base a lo escrito: suspendí, y no me presente a la convocatoria de septiembre. Estudié informática, programación de gestión de empresas.


Los objetivos estaban cumplidos: por una parte, mi sastifacción personal de haber llegado hasta allí, que en aquella época pocos discapacitados fuimos capaces de llegar. Y en segundo  lugar, saber que abría una brecha para futuros universitarios discapacitados.



Gracias a Dios que tengo a mis padres que me exigieron todo lo que podía dar; sin ellos estaría sentado en una silla de ruedas sin poder moverme en mi asociación. Mis estudios me costaron mi esfuerzo pero ha merecido la pena no solo para mi realización sino para dar un testimonio de vida para mayor Gloria de Dios.