lunes, 21 de marzo de 2011

III.- Jacob y sus hijos.

Génesis cap. 25-36


Oímos con frecuencia el nombre de Jacob en la trilogía conocida: “El Dios de Abraham, Isaac y Jacob”. Cada vez que  se quiere fortalecer la fe de las personas de la Biblia: el Dios que, en el pasado, ha guardado su fidelidad hacia estos tres patriarcas, la guardará por siempre hacia todos sus descendientes. Y, es sobre todo hacia Jacob que esa fidelidad de Dios es la más admirable.
Jacob no era un monaguillo, muy lejos de eso. Se dice incluso que ¡empezó a pelearse con su hermano en las entrañas de su madre! Eran gemelos. Nacido después de su hermano, era naturalmente considerado como el segundo, sin embargo la primera meta de su existencia fue suplantar a su hermano para recuperar la herencia. ¿Era tan rico su padre Isaac? Si y no.
Nómada, no tenía territorio y no conocemos la importancia de su ganado. Pero todos sabían que, al día señalado, trasmitiría a su hijo mayor la famosa bendición de Dios que acompañaba a su familia desde Abraham. Esaú, el hijo mayor, esperaba pues con paciencia lo que le pertenecía por derecho y se comportaba de forma a complacer a su padre. Pero Jacob estaba decidido. Para llegar a sus fines tuvo que actuar en dos tiempos: primero adquirir una apariencia de legitimidad comprando a su hermano su derecho de primogenitura. Un día que Esaü volvía de cazar, agotado, hambriento, se abalanzó sobre el plato de lentejas preparado por su hermano. Jacob entonces propuso el trueque: la primogenitura contra las lentejas. Aceptado. La segunda etapa fue más peliaguda y Jacob tuvo que obrar con astucia, aprovechándose de la debilidad del viejo Isaac. Ese, ciego, y Rebeca, la madre, prefiriendo a Jacob,  le ayudó a substituir a Esaü. Isaac, engañado, pronunció de buena fe la famosa bendición.
Descubriendo el engaño, Esaü fue invadido por la ira, la desesperación y el odio hacia su hermano. Pero no se invoca en vano el nombre de Dios: “Le he bendecido y bendito será” decidió el padre.  Notaremos que Dios mismo acepta comprometerse por la palabra de los hombres… incluso cuando está pronunciada en falso. Desde entonces, el odio, sea activo, sea dormido, no va a cesar jamás entre los dos hermanos, sus familias y sus descendientes. 
Para alejar a Jacob de su hermano, Rebeca lo mandó a buscar una esposa al país de sus padres, a Harran, donde estaban establecidos los parientes de Abraham. ¡Una mujer escogida en la familia es la mejor garantía para la transmisión de los valores familiares! Jacob se va hacia lo desconocido, solo. Pero no totalmente solo: Dios le acompaña porque la bendición, incluso robada, sigue valida. Dios es fiel. “no sabría negarse a él mismo” dirá más tarde S. Pablo.
Una noche, en Betel, cuando se ha instalado para dormir a cielo raso, Jacob tiene una visión: una escala une cielo y tierra, unos ángeles de Dios suben y bajan. Luego Dios mismo le aparece repitiendo palabra por palabra la promesa hecha a Abraham e Isaac: una descendencia numerosa como el polvo de la tierra y el país de Canaán para vivir en paz.  Al alba, Jacob, tranquilizado, exclama: “Realmente, era el Señor, y no lo sabía”. Sigue su ruta más seguro, prometiendo adoptar ese Dios a la vuelta si vuelve sano y salvo. A su llegada cerca de Harran, tiene un encuentro inolvidable: es su prima, es hermosa, se llama Raquel.


                                                                       Marie Noëlle THABUT

Traducido de “Panorama”, noviembre 2009